El poeta extremeño Antonio Méndez Rubio publica «Hacia lo violento« (Huerga & Fierro)

 

Texto: Enrique VILLAGRASA

 

Qué yo recuerde, desde Homero, culpable de todo, existe la poesía y su fin es no tener fin, pues hasta en la nube de hoy (esa otra realidad inventada) también existe la poesía. Y hablando de poesía, esa poesía celebrativa e incómoda, esa poesía libre y en libertad, pues esto y no otra cosa es lo que encontramos en Hacia lo violento (Huerga & Fierro) de Antonio Méndez Rubio (Fuente del Arco, Badajoz, 1967), en edición de Nacho Escuín. Quien afirma entre otras muchas cosas que Méndez es “Un poeta que entiende el lenguaje y el verso como el primer elemento fundamental, como el  origen y desde el cual el compromiso debe hacerse fondo y forma”.

Creo que es la epifanía más hermosa de la realidad del otro, esencia de la poesía, que yo haya leído. Dos grandes poetas trabajando a la par, Méndez y Escuín, quienes logran que un florilegio se convierta en un nuevo libro de Antonio, y que a la vez da pie a una nueva lectura de toda su obra de la mano de Escuín en y con su acertado e inteligente prólogo mapa. Necesitamos hoy poetas de esta talla: inmanencia trascendente frente a la mediocridad y la Nada. Creo que Nacho Escuín ha logrado una suerte de síntesis exquisita de la poesía de Méndez Rubio: su manera de ser y estar en el mundo: abismo y límite del lenguaje: “(…) Luz/ que desaparece es más luz/ ya no se cierra sobre el sí./ Ni quien la escucha reconoce/ que es una forma de extinción”.

El volumen recoge, en sus 160 páginas, poemas de sus obras: Para no ver el fondo (Idea, 2077); Razón de más (Igitur, 2008); ¿Ni el cielo? (Azotes Caligráficos, 2008 / Del 4 de agosto, 2011); Extra (Biblioteca Nueva, 2010); Cuerpo a cuerpo (Baile del Sol, 2010); Siempre y cuando (Abada, 2011); Va verdad (Vaso Roto, 2013); Por nada del mundo (Vaso Roto, 2017) y cinco poemas inéditos. Todos estos versos gozan de esa pasión y lucidez que impregna el quehacer demiurgo del escritor, que le identifica en el panorama poético español y más allá: “significar perder/ las palabras de vista/ para alcanzar qué tierra/ donde nadie perdona”.

Antonio Méndez es un poeta elegido que sabe de su destino y tiene la visión de y para ello: “Tierra de promisión feliz la herida/ bajo la carne para poder perdurar”. Sabe del lenguaje, sabemos de su fe en él, y de la capacidad reveladora de la palabra poética: “que cualquier claridad más verdadera”. Su poesía logra implicar al lector y conmoverle: no le dejará indiferente: “Y respirar. Oler/ a nada hasta en el aire”. Creo que también tiene el don precioso de las intuiciones y va más allá de la página: “más que amor./ Da la mano”. Crea fascinación y expectación en y con sus poemas: “Solo hay paz en los nervios/ que atraviesan las hojas”.

En definitiva, un libro que nos descubre esa aventura solitaria y solidaria diríase, que es ni más ni menos lo que es la verdadera poesía que uno conoce y destaca: “Difícil de reconocer/ pero es aquí donde/ va a resultar que no se olvida”. La poesía de Antonio Méndez se sabe igual a nuestra existencia: “no es otra cosa que un lugar/ para aprender a perder”. Y además es poeta, solo un poeta, con todas las letras, que ha roto con la costumbre: “¿NADA DE NADA? HUELES,/ a cambio, a la única lejanía/ que hace de esa fuerza un ataque/ con toda la inocencia del azar”.

Hacia lo violento es un libro justo y necesario, donde se encuentran la poesía y el pensamiento inconformista, con lo que el autor logra que la lectura de estos poemas sea una lectura de fecundidad. Toda persona que lea este libro se sentirá interpelada: “LUZ SIN SU DAÑO”. ¡No lo duden! Y, por cierto, una curiosidad para aquellos que les guste la numerología, señalar que tanto este libro que nos ocupa como Razón de más llevan el número 16, o sea son el número 16 de las colecciones donde aparecen: Rayo azul (Huerga y Fierro) y De umbral en umbral (Igitur), respectivamente. Tal vez, “significa que hay que estar contra/ todos  los significados”.

 

OTRA MAÑANA

que no es un signo. Da

el sol. Se para el aire

porque sí. Procuro

hacer con la ira

lo que tú con mi abrazo.

 

¿Ves? En árboles

sin tiempo para nada

la fruta existe

por instinto, por la insistencia

en las mismas palabras

que no íbamos a tener

que decir.