El gran Enrique Villagrasa, poeta con retranca y amigo de otro siglo, me señalaba guasón que hay que vigilar no confundir el rallado con el rayado. ¡Mucho mejor rayar que rallar! Lo que se ralla es lo que se pasa por el rallo: lo que se rasga, se raspa, se desgasta, se hace añicos. Mejor rayar: tirar rayas, ni que sean rayas en el aire, para contar cosas que cuenten. El pan de nuestras croquetas de imaginación no ha de ser rallado sino rayado. Mientras estudiaba trabajé un tiempo en un horno de pan en las tripas de la Barceloneta de chico para todo y para nada. Uno de mis cometidos era rayar el pan: trazar con una cuchilla de afeitar encastada en un mango los cortes diagonales sobre las tiras de masa blanda recién levadas a punto de entrar en el horno. Las marcas prehistóricas en las barras de pan de cada día. El milagro del pan forma parte del mundo de lo rayado, de lo que crece en un útero en un horno en la noche, de lo que se hincha, de lo milagroso. ¡Rayad, malditos!  ANTONIO ITURBE