“Cuántas cosas hemos visto desaparecer” (Candaya) es su última novela en la que se reencuentra con las amistades del pasado.

 

Texto: David PÉREZ VEGA

 

En enero de 2017 leí Autopsia (Candaya, 2013), la tercera novela de Miguel Serrano Larraz (Zaragoza, 1977), de la que se había hablado bastante unos años antes. Me encantó ese libro, me pareció una de las mejores novelas españolas del siglo XXI, escrita por alguien nacido ‒como yo‒ en la década de 1970. Después había leído de Serrano Larraz los dos libros de cuentos que tenía publicados en Candaya, Órbita y Réplica, gustándome más el segundo, que me pareció un libro más maduro; algo perfectamente lógico, ya que Réplica (2017) se publicó ocho años después que Órbita (2009).

El argumento de Autopsia sería algo difícil de resumir; en esta novela un personaje, con más de una característica similar al autor, nos hablaba de su vocación por la lectura y la escritura, mientras recordaba paulatinamente un episodio traumático en el que fue atacado por unos nazis a finales de la década de 1990. Además rememoraba también otro episodio vergonzoso, en el que ‒esta vez‒ él había sido el acosador de una niña en el colegio. También hablaba de las noches zaragozanas que pasó con un músico que fue relativamente popular en los 90. Las capas de la escritura, y las reflexiones vertidas en sus capítulos sobre la vida y los recuerdos, eran muchas y sustanciales.

Cuántas cosas hemos visto desaparecer guarda un lógico parentesco con Autopsia. En Autopsia la avalancha de recuerdos que acosaban al protagonista venía provocada por una reunión de antiguos alumnos del colegio de EGB, que se había convocado a través de Facebook, y en Cuántas cosas hemos visto desaparecer las rememoraciones de Sonia, la protagonista principal, se activan cuando, después de bastante tiempo sin tener noticias de ella, empieza a recibir mensajes de voz en WhatsApp de Berta, que en el pasado fue su mejor amiga. Berta va a instar a Sonia a volverse a ver, después de haber dejado de hacerlo por un periodo de cinco años, debido a un episodio que no se acaba de aclarar en la primera parte de la novela y que va generando un misterio en torno a él. Así, en esta nueva novela, será la proximidad de un encuentro con las amistades del pasado lo que active la trama, igual que en la anterior. Muchas de las obsesiones vitales que Serrano Larraz mostraba en Autopsia están también presentes en Cuántas cosas hemos visto desaparecer.

Serrano Larraz estudió Ciencias Físicas en la universidad, y al acabar esta carrera empezó a estudiar Filología Hispánica. Aunque parezca irrelevante, este dato del paso del autor por la facultad de Físicas acaba tomando importancia en la novela, porque uno de los temas del libro será el de los viajes en el tiempo. Una idea que de niñas obsesionó a Sonia y a Berta, y que de adultas parece seguir presente en Berta.

Autopsia, en gran medida, realizaba un recorrido sentimental por la Zaragoza de las últimas décadas del pasado siglo, desde los barrios nuevos surgidos tras el desarrollismo hasta las calles de los bares de copas noventeros. Y en gran medida, Cuántas cosas hemos visto desaparecer pone su mirada en un espacio, no tratado en Autopsia, pero conviviente con él, un espacio acallado en Autopsia, y que se desliza hasta el primer plano en la nueva novela: el pueblo de procedencia de los padres o abuelos y al que los jóvenes de la generación de Serrano Larraz volvían en verano desde sus centros urbanos de emigración; en este caso, principalmente, desde Zaragoza y Barcelona.

El pueblo se llama Ardés. Lo he buscado en internet y no existe un pueblo con este nombre en España. Sonia acude a él durante los veranos desde Zaragoza y Berta desde Barcelona, allí serán amigas de otros jóvenes que viven todo el año en el pueblo, y que en el tiempo narrativo de la novela se comunican principalmente por un grupo de WhatsApp al que se alude en el libro como «el grupo de WhatsApp de los amigos del pueblo». La obsesión de Berta y Sonia por construir una máquina del tiempo cuando sean mayores en este entorno rural es uno de los puntos clave de la novela, que crea una extrañeza muy lograda entre el mundo de los sueños adolescentes y el de la vida adulta.

«La vida no tiene trama, solo interpretación.», leemos en la página 156 de la novela, y es una cita que se adecua muy bien al contenido de Cuántas cosas hemos visto desaparecer. El libro no se divide exactamente en capítulos, ya que entre un bloque textual y el siguiente no empezamos una nueva página. Los «capítulos» o «cortes» se suceden unos a otros y el lector sabe que empieza uno nuevo porque sus primeras palabras aparecen en mayúscula. En estos «cortes» se suceden y entremezclan los tiempos narrativos, aunque de forma predominante se avanza desde el pasado (la adolescencia de 1993 en el pueblo), hasta el presente, de tal manera que las dos líneas temporales principales (el presente narrativo y el pasado evocado) acabarán confluyendo hacia el final de la novela.

La vida de Sonia en el presente narrativo, cuando tiene ya cerca de cuarenta años y trabaja como profesora de Lengua en un instituto de Zaragoza, no parece muy alentadora; quizás su vida fue más divertida en el pasado, cuando era la amiga de Berta, y, como queda claro en muchos pasajes del libro, vivía a su sombra. Las dos formaban una pareja de amigas en la que Berta era la más lanzada y la que más personalidad tenía, aunque también puede ocurrir que Berta siempre haya estado un poco loca. Las paradojas temporales que obsesionan a Berta y la constatación que quiere hacer de ellas en la realidad dan a la novela un aire misterioso y melancólico, que hace que la narración se eleve sobre el retrato de costumbres de la juventud que vuelve al pueblo desde las urbes españolas a finales del siglo XX.

Como ocurría en Autopsia y en sus cuentos, el lenguaje de Serrano Larraz es envolvente, más inteligente que poético, sin querer decir con esto que no contenga poesía. Las frases se van dando paso, conteniendo reflexiones y pensamientos sobre los personajes densos y ampulosos; en este sentido, Serrano Larraz tiene un aire de escritor centroeuropeo.

Cuántas cosas hemos visto desaparecer ha sido escrita, en gran parte, en la universidad de Iowa, donde Serrano Larraz ha disfrutado de una beca de escritura creativa, con el gran escritor centroamericano Horacio Castellanos Moya como director del proyecto. Sin duda se ha merecido este privilegio, ya que Serrano Larraz es uno de los escritores más destacados dentro de la narrativa española de los nacidos en la década de 1970 y Cuántas cosas hemos visto desaparecer, aunque me ha sorprendido menos que Autopsia (el listón estaba muy alto) así lo atestigua.