La lingüista forense Sheila Queralt analiza en “Atrapados por la lengua” cincuenta casos en los que la lingüística forense ha sido decisiva para resolverlos.

Texto: Redacción

 

En cualquier serie de televisión, película o novela policíaca que se precie aparece la figura del forense, ese hombre o mujer que descubre a través del análisis del cadáver las pistas que ayudarán a los detectives a atrapar a los malos. ¿Pero cuántos de nosotros hemos oído hablar de la profesión “lingüista forense”? Podemos afirmar sin equivocarnos que muchos menos, y eso es lo que Sheila Queralt quiere remediar con la publicación de Atrapados por la lengua (Larousse) donde nos ofrece a través de 50 casos una visión de lo que es esta profesión y lo que significa dentro de una investigación.

¿Qué es la lingüística forense?

La lingüística forense es la disciplina científica que estudia la interfaz entre la lengua y el derecho. La lingüística forense contribuye a la administración de justicia aportando análisis lingüísticos que puedan determinar, por ejemplo, quién hay detrás de una cuenta anónima en la red, si te han plagiado el contenido de tu blog, cuál es la interpretación más probable de la cláusula de una póliza de seguros, si el nivel del examen de lengua estaba por encima de lo esperable, si eres víctima de acoso verbal o si tu hijo está siendo manipulado por el otro progenitor.

¿Por qué decidiste convertirte en lingüista forense?

Porque es la disciplina que aúna mis distintas pasiones: la lengua, el derecho y la criminalística. Mis análisis lingüísticos tienen un impacto directo en la sociedad y eso me llena de satisfacción.

¿Qué encontrará el lector en el libro Atrapados por la lengua?

En el libro encontrarán los cincuenta casos que más han influenciado en mi carrera profesional narrados en un lenguaje sencillo y con un toque de humor. Encontrarán casos de distintos ámbitos de la lingüística forense como son el análisis del lenguaje jurídico y judicial, la construcción de perfiles lingüísticos, la atribución de autoría, la identificación de voz e, incluso, hablo sobre la posibilidad de imitación para intentar esconder la identidad. También encontrarán algunas confesiones personales y distintas curiosidades del lenguaje. Con este libro pretendo, por un lado, dar a conocer la lingüística forense al público en general para que todo el mundo pueda beneficiarse de los estudios del lenguaje ya sea en su vida privada o en un proceso legal en el que pueda verse inmerso; y, por otro lado, despertar el lado más detectivesco del lector y ponerlo en alerta a través del análisis de la lengua.

El Google Translator se utilizó un tiempo en las comisarías como traductor, ¿qué consecuencias tenía para las víctimas y los acusados?

Sí, por muy extraño que parezca fue necesaria una sentencia para que se prohibiera el uso de Google Translator en las comisarías e incluso el mismo Google tuvo que manifestar que no era recomendable su uso en sustitución de los traductores humanos en estos contextos. Las consecuencias pueden ser muy graves, desde que una persona no entienda sus derechos cuando es detenida hasta que se produzcan errores en las interpretaciones de unos mensajes o de unas llamadas que puedan incriminar a un inocente.

Hoy en día tenemos más información que nunca, pero nos cuesta distinguir las fake news, ¿la lingüística forense sirve para detectarlas?

La desinformación es muy rentable tanto a nivel económico y como herramienta para la manipulación de opiniones. Solo necesitas algo provocador para que la información se viralice. Además, tenemos que reconocerlo, la mayoría de los lectores no saben detectar las noticias falsas, aunque crean que sí. Los lingüistas forenses hemos creado patrones lingüísticos para detectarlas como el tipo de contenidos, adjetivos, adverbios o verbos más frecuentes.

¿Cómo contribuyó la lingüística forense a resolver casos como el del conocido Unabomber del que Netflix hizo una serie?

Durante 18 años el FBI estuvo investigando quién podría estar detrás del envío de dieciséis cartas bomba a universidades y aerolíneas. La lingüística forense fue clave para obtener una orden de registro y detener al terrorista. Hasta que no se analizaron las cartas desde el punto de vista lingüístico, no se acercaron a un perfil correcto del culpable. El estudio lingüístico de las cartas y del manifesto que envió el terrorista permitió extraer datos como su nivel académico o su edad.

¿Qué intervención tuvo la lingüística forense en el caso de Anabel Segura?

En el caso del secuestro de Anabel Segura, el análisis lingüístico de las grabaciones aportadas por los secuestradores durante las negociaciones fue clave para situar dónde se encontraban. Y lo más interesante de todo, lo que delató a los secuestradores, no fue lo que ellos dijeron sino lo que dijo un niño que se escuchaba de fondo en la grabación y el timbre de una puerta.

¿Y en los crímenes del asesino del Zodiaco cometidos en el norte de California entre 1968 y 1969?

En el caso del asesino en serie del Zodiaco, el lingüista forense a través de las cartas enviadas a las redacciones de distintos periódicos pudo determinar que el asesino intentaba esconder su verdadera identidad de forma deliberada en sus cartas. Y es que no es tan fácil engañar a un lingüista forense, siempre hay algún rastro que delata tu verdadera identidad.

¿Y en el caso del estafador del amor?

En el caso de uno de los estafadores del amor más activos en España, Rodrigo Nogueira, se analizó lingüísticamente el material de distintas identidades utilizadas por el estafador para determinar si todas correspondían a la misma persona y se extrajo un perfil lingüístico del estafador (de dónde era, edad…) e información sobre sus estrategias lingüísticas de seducción y extorsión. De este modo, podemos conocer en más profundidad cómo engañan este tipo de estafadores y detectarlos de forma más rápida cuando encuentran una nueva víctima.

¿Qué le pasó a Óscar Sánchez y cómo le ayudó la lingüística forense?

Óscar Sánchez era un chico que fue acusado de narcotráfico internacional y pasó 626 días en una de las peores cárceles italianas. Todo por culpa de una pericial en la que analizaron la voz de unas grabaciones intervenidas y la suya. Ese análisis llevado a cabo por un perito italiano conocido (y no por su buena praxis) no reparó, entre otras cosas, en que ambos interlocutores hablaban variedades dialectales distintas, uno hablaba el español de Uruguay y el otro el de España. Fueron necesarias seis periciales lingüísticas para demostrar su inocencia.

¿Es posible suplantar la personalidad emulando la forma de escribir de otra persona y engañar a un lingüista?

No, no es posible. A pesar de que el autor introduzca modificaciones en su forma de escribir ya sea introduciendo intencionalmente faltas de ortografía o vocablos de otras variedades del español o extranjerismos, siempre va a dejar rasgos propios que le delatan.

¿Qué clase de cosas delatan nuestra forma de expresarnos?

Entre las cosas que nos delatan destaca la coherencia de los rasgos dentro del texto, cuando encontramos una falta de sistematicidad en un rasgo podemos sospechar que el autor nos está intentando despistar y eso también nos arroja pistas sobre el conocimiento del autor. Por ejemplo, en qué se fija o cómo de sistemático es en sus modificaciones nos podría arrojar datos sobre su nivel educativo o su profesión.

¿Qué tipo de conclusiones puedes sacar de la lectura de un mensaje escrito como forense?

El tipo de conclusiones depende del tipo de preguntas que se nos plantee en la investigación. Generalmente se nos requiere para que determinemos el perfil del autor de un texto, es decir, rasgos relacionados con el sexo, la edad, el nivel educativo, su profesión o incluso su ideología. También se nos solicita para analizar si el mensaje ha podido ser escrito por una o varias personas o incluso si ha podido estar influenciado por otra persona o incluso si es una conversación pactada. Finalmente, también se nos puede requerir para extraer conclusiones sobre la relación entre los destinatarios, la interpretación de ciertas frases o si los contenidos pueden constituir, por ejemplo, un delito de amenazas, acoso o incitación al odio.