El poeta José Luis Rodríguez García escribe catorce poemas de un gran intimismo testimonial y existencial.

 

Texto: Enrique VILLAGRASA

 

Catorce poemas configuran  Almanaque de la intemperie (Papeles mínimos) de José Luis Rodríguez García (León, 1949), aunque residente en Zaragoza, de cuya Universidad ha sido catedrático de Filosofía. Pues bien, todos sabemos qué es un almanaque de taco, ya que todos hemos visto alguno, en nuestra casa o en casa de algún familiar. Y qué es la intemperie también lo sabemos. No hace falta buscar en el diccionario. Y menos ahora con esta pandemia que nos azota: la cual ha dejado a muchos a la intemperie y no tienen ni un consejo práctico ni ayuda alguna en la hoja del día, ni dónde dejar siquiera: “testimonio del asco”.

Los poemas más bien largos, para lo que leemos en la actualidad, van de 25 versos el que menos a 52 versos el más extenso. Versos de ritmo entre endecasílabo y alejandrino, la gran mayoría, que con esa musicalidad despiertan a la persona lectora y le anuncian que está ante una poesía seria y de gran valor, que no le dejará al descubierto. Eso sí, le interpelará y no le dejará indiferente: “asombrados de poner de nuevo nombre a las cosas”.

Leyendo estos poemas, trece en segunda persona: interpelando a ese tú y uno en primera persona: preguntando a ese “Yo, cofrade del silencio”, uno puede llegar a pensar fácilmente en lo que la poesía le puede enseñar. Eso sí, los he leído mientras escuchaba la Sinfonía Nº 6, Patética, de Tchaikovsky, dirigida por Von Karajan. Y qué casualidad, pues si esta fue la última sinfonía del compositor, nuestro poeta en un tono elegíaco, casi de despedida, solo pretende escribir un penúltimo poema: “Yo, quien tan solo aspiro/ a escribir un penúltimo poema”.

En la poesía que nos ocupa, la que hay en Almanaque de la intemperie, hay una clara renuncia a la rima y a la estrofa, no al ritmo, como ya hemos señalado, y hasta algún heptasílabo se cuela. Pero, además de ritmo, hay claridad y profundidad. Teniendo claro que para el poeta la soledad, la tristeza y la muerte dominan ese límite infinito que es el horizonte humano. Aunque, también se alumbra la esperanza y la trascendencia; pero es un libro duro con rigor ético, que va más allá de la ironía. Poemas limpios e inequívocos: “Pero nosotros, los despedazados de la noche,/ estamos todavía ahí, vigilantes,/ contando los granos de la arena/ de esta playa triunfante que es la vida”.

El poemario destaca por ese intimismo testimonial y existencial ante este tiempo de dolor que nos ha tocado en suerte. Aunque el poeta levanta su esperanza como refugio ante la soledad y el vacío de la humanidad. Los títulos de los poemas siguientes son significativos de lo que decimos: desde Redescubriendo el mundo y la sorpresa hasta Penúltimo poema, pasando por Desafío en el hastío, El mundo ido o No es hora de despedirse, por ejemplo. Hay una preocupación cívica. Hay una apuesta en defensa de la verdad frente a la mentira, de la libertad frente a la opresión y de la solidaridad frente a la soledad. Dignidad humana y libertad de pensamiento: “Tú no entenderás nunca que las sombras/ dialoguen con una máquina sin nombre”.

Para terminar, explicar que José Luis Rodríguez ha utilizado a un tú dramático para poder decir lo que diría un personaje imaginario hablando con otro personaje, también imaginario. Todo con un vocabulario claro y preciso, para condensar el pensamiento. Con una capacidad enorme para transformar las ideas en sentimientos y utilizando el lenguaje meditativo: “Tú no te resignas a estar con las manos vacías/ mirando la luna, que hoy es ocre”.

Es importante recuperar la esencia de la poesía, dar valor al verso no al espectáculo. Este poemario es un buen ejemplo y testimonio de una vida vivida. Puesto que, escribir un poema es una declaración ética y estética. Y el poeta ha logrado una aproximación mayor al mundo en el que vivimos: los poetas son ciudadanos, no están fuera del mundo, y la poesía es un camino muy saludable para entender este mundo complejo. ¡Lean este Almanaque de la intemperie, no les defraudará!: “Lo siento mucho. Lo cierto/ es que agrada tu mundo/ porque yo también lo viví con ansiedad y dulzura,/ y no hay ahora en mi alma/ rencor o envidia: me limito/ a redactar en un cuaderno regalado/ el agravio de las pestañas que encanecen”.

 

NO ES HORA DE DESPEDIRSE

Tú sabes que es cierto que la historia no resulta ser

un desfile de carruajes dorados

o la liberación de las palomas mensajeras,

aunque silencies tu sospecha

porque es preferible, ya cae la lluvia

y las nubes rosas comienzan a despedazarse

provocándote un desasosiego traidor

que no se desvanece

como el lamento ante un amigo amortajado.

 

Tú sabes que lo importante

son el humo de los tugurios,

los diálogos interminables

sobre la necesidad de traducir

a un hebreo y, sobre todo, el consuelo

de la lluvia, la soledad herida

y el extraño rumor del alba

cuando los metalúrgicos visten su mono

y los profesores se entusiasman.

 

Agradezco tu inquietud

y tu ánimo mientras releo

a K. L., y supongo que ha pasado

la edad de las traiciones

aunque todo siga igual, los cielos azules,

los cementerios solitarios y mudos,

las floristerías recibiendo pedidos de claveles amarillos.