María Belmonte viaja «En tierra de Dionisio» al norte de Grecia a través de la historia, la antropología y la literatura.

Texto:  David VALIENTE

 

En tierra de Dionisio (Acantilado) su último libro, María Belmonte (Bilbao, 1953) nos muestra los encantos del norte de Grecia, su historia, sus ruinas y sus misterios mediante sus experiencias en los lugares de mayor significación personal. La viveza de su mirada poética es capaz de traspasar el conocimiento tangible para adentrarse en el significado prístino de lo inusual. Por ello, su relato no es un simple desahogo que vuelca sobre el paisaje sus frustraciones pasadas, Belmonte reconstruye las humanidades como una expresión lírica y científica de un territorio eclipsado por las glorias imperecederas del sur.

Un relato así no se consigue en un viaje de unas semanas ni con la lectura de un par de libros, se necesita calma y abundante tiempo para que todos los aspectos personales se mimeticen con los detalles del paisaje; es muy semejante a la sensación de enamorarse: “Creo que te enamoras de los lugares como te enamoras de las personas y yo estoy enamorada de Grecia, o para ser más precisos, de esa idea que yo he elaborado sobre Grecia”, escribe María Belmonte a través del correo electrónico.

En efecto, se asemeja a un amor de verano, que finaliza cuando las apacibles tardes dan paso al desnudo de los árboles. Pero al igual que los amores de verano, María regresa a Grecia del norte “con las ilusiones renovadas”, y sin la pesadumbre del adiós ya que “cuando tengo que marcharme de allí también lo hago con alegría porque, afortunadamente, me gusta mi vida aquí”.

Pero nosotros todavía no nos vamos, antes debemos hacer la pregunta que ya atormentaba a los románticos en el siglo XIX: ¿el paisaje es siempre el mismo, o hay tantos como individuos lo visualicen? Tal vez, en pleno siglo XXI, esta cuestión haya perdido su importancia, la mayoría de turistas contemplan el paisaje a través de artilugios tecnológicos que liberan a la retina del trabajo costoso de tener que componer la información del exterior: “ahora es frecuente llegar a un lugar emblemático y encontrar gente que lo único que hace es tomar fotografías y hacerse selfies y ni siquiera miran lo que tienen delante”.

Aún así, para María Belmonte la subjetividad juega un papel capital en la forja del paisaje, pues volcamos nuestra herencia vertical y nuestra herencia horizontal en los detalles que lo componen: “Ante un mismo paisaje, la mirada de un cazador, un campesino, un geólogo, un urbanita o un poeta serán completamente distintas”. La autora confirma que se asemeja a un proceso místico en el que la búsqueda se debe hacer “dentro de sí mismo” y en total “soledad y silencio” si de verdad queremos captar la esencia del entorno.

Desgraciadamente, esta sana actitud está en declive. Algunas personas ya ni siquiera se molestan en mirar el paisaje con sus ojos postizos, mucho menos intentan subir los escalones de la historia: “He conocido gente que estaba bajo la Acrópolis de Atenas y no se molestó en subir porque les daba pereza”, se lamenta María Belmonte.

Lo dionisíaco e irracional

Desde niños en las clases de historia nos obligan a comprar la idea de que el genio griego nace de la completa racionalidad: ¿cómo una sociedad con esas obras de arte tan geométricamente articuladas en mármol y madera podría caer en desmanes sin sentido? Lejos de la realidad, los griegos fueron gente con una parte muy irracional, solo con echar un vistazo a las tragedias de Eurípides nos daremos cuenta de los excesos incurridos por los habitantes de la Hélade.

Pero, ¿cuál es el origen de esta concepción sesgada? “En el siglo XVIII el estudioso Joachim Winckelmann fue el responsable de marcar a fuego en la conciencia europea la imagen de una antigua Grecia idealizada que aún perdura entre nosotros”, responde la bilbaína. Winckelmann empleó el mejor aliado del ser racional, la palabra, con frases como “la superior humanidad de los griegos” o “la noble sencillez y serena grandeza”, para hacernos creer que el ser humano tuvo “una `Edad de Oro´, cuando sabemos que eso no es verdad”. Y lo sabemos gracias a una ristra de filósofos entre quienes se encuentra un clásico contemporáneo muy mal leído e interpretado: “Nietzsche en el siglo XIX cuestionó la imagen idealizada que Europa proyectaba sobre Grecia al ofrecer, en El nacimiento de la tragedia una visión más arcaica, cruel y despiadada del mundo griego”. María Belmonte agrega  a la lista de autores los nombres de “Jane Ellen Harrison, Karl Kerényi y Walter Burkert” quienes “refrendaron” las tesis del filósofo alemán demostrando “que—tanto como el equilibrio apolíneo—el salvajismo, la locura y el éxtasis dionisíaco formaban parte integrante de la cultura clásica”.

Athos, un lugar anclado en el pasado

De los muchos lugares fascinantes descritos por Belmonte en su libro, el Monte Athos, sin duda, es el más interesante por, entre muchos motivos, su condición actual que ha cambiado poco desde el periodo bizantino. “La península de Athos es como un gigantesco monasterio de clausura masculino”, atestigua María Belmonte.

En el Monte Athos residen varios grupos de monjes en diferentes monasterios. Tras sus muros el tiempo se mantiene en pausa, así lo desean sus habitantes que, a imitación de Antonio y sus seguidores en Egipto a principios del siglo IV, decidieron abandonar la banalidad del universo para congraciarse con Dios. El primer asentamiento religioso está fechado en 963, cuando “Anastasio, un eremita del monte Kiminas, en Bitinia, eligió un remoto emplazamiento en el extremo sudoriental de la península de Athos, a la sombra de la gran montaña, para construir su monasterio”, narra Belmonte en su libro. Desde el principio contaron con el beneplácito de los emperadores bizantinos que les otorgaron ciertas prebendas y exenciones fiscales, algunas  todavía en vigor.

Las mujeres no pueden traspasar la puerta del Monte Athos por decreto mariano. En tierra de Dionisio se narra la llegada de la Virgen María y la gran catarsis iconoclasta que supuso su desembarco: “Todas las estatuas del templo cayeron a tierra haciéndose añicos mientras un rayo derribaba la imagen de Zeus”. Parece que el lugar le resultó agradable y pidió a su hijo que aquellas montañas fueran de su exclusiva propiedad. Y tan en serio se tomó su dominio, según nos narra Belmonte, que impidió la entrada a cualquier mujer, incluso a la hija del emperador Teodosio el Grande, la emperatriz Gala Placidia, con estas palabras: “¡Detente! ¡No des un paso más! ¿Cómo te atreves, mujer, a entrar aquí? ¿No ves que ya hay una reina que gobierna sobre este lugar?”.

De todos modos, algunas mujeres dejaron a un lado la prohibición de la Virgen y en circunstancias y periodos diferentes accedieron a los monasterios del Monte Athos; es el caso de Helena de Bulgaria, Virginia Somers o la controvertida periodista Maryse Choisy, si bien es cierto que Belmonte lo cuestiona: “La autora nunca puso un pie allí”.

María Belmonte estuvo a las puertas de Athos sin poder traspasarlas y eso que “es el lugar del mundo que más me gustaría visitar”. Tampoco se queja de su suerte: “lo respeto y me aguanto”.

De hecho, ¿durante cuánto tiempo podrán los monjes mantener su imperturbable calma? María Belmonte contesta: “Supongo que con el tiempo se convertirá en un anacronismo”, aunque “cada vez acuden más hombres jóvenes de todo el mundo para encerrarse en Athos”. Sin embargo, el inexorable avance de la modernidad intenta transformar los monasterios “en un resort de lujo”.

Entre el conflicto y la paz

La península balcánica sigue siendo la tierra de paso de muchos refugiados e inmigrantes que huyen de la violencia endémica de sus países de origen. También es un territorio poblado por la diversidad cultural, y aunque esto debería derivar a una riqueza insondable, los nacionalismos encorsetan cualquier actitud asertiva.

“En 1991 surgió, a raíz del desmembramiento de la antigua Yugoslavia, el país llamado `Antigua República Yugoslava de Macedonia´, adoptó como bandera para su recién creado Estado el llamado `Sol de Vergina´, símbolo real del antiguo Reino de Macedonia”, narra María Belmonte. Los dos países se sumieron en un pulso de diatribas que traspasó los límites de la dialéctica materializándose en “un embargo comercial” promovido por los griegos en 1994. Los griegos, a su vez, cuestionaban la etnicidad macedonia a quienes en realidad consideraban “eslavos advenedizos llegados a la zona en el siglo vi que nada tenían que ver con los antiguos macedonios”.

Actualmente, “los gobiernos de ambos países tienen deseos de dialogar y cooperar”, después de que Macedonia cambió su bandera y revisó sus libros de texto “para eliminar todo contenido irredentista”, atestigua María Belmonte. Sin embargo, los nacionalismos de cada país siguen confrontando posturas en la tierra de Dionisio, aunque María Belmonte espera que la gente se aleje “de todo fanatismo y abogue por el diálogo entre vecinos”, porque por encima de todo Grecia y Macedonia está habitada por gente que desea “vivir en paz y sacar adelante a sus familias”.